
Érase una vez, en Cimbrelandia, un pequeño pene llamado Raberto al que le encantaba jugar y explorar todo aquello que le rodeaba. Su padre, como ejemplar educador, siempre le explicaba todo aquello que no entendía y que quería conocer.
Pequeño pene iba creciendo según pasaban los años y sus gustos iban cambiando paulatinamente. Sus amigos y él empezaron a mostrar interés por unos agujeritos encantadores que vivían en un lugar cercano. El padre de Raberto se dio cuenta de la nueva atracción de su hijo cuando encontró una revista llena de agujeritos en su habitación. Fue entonces cuando decidió tener una charla con él para explicarle lo más significativo de los agujeros:
- Raberto, hijo mío, tenemos que hablar. Ya te estás haciendo mayor y empiezas a ser un señor pene. Debes saber que, muy cerca de donde vivimos, existen unos agujeros cautivadores que nos encantan a la mayoría de nosotros. Tu madre, por ejemplo, es uno de ellos. Llegara el día en que te guste uno y quieras visitarlo. Cuando llegue ese momento, acuerdate de sacar la entrada antes. Nunca intentes colarte sin permiso. También recuerda que, antes de entrar, tápate. Ya llegara el momento en que entres destapado.
Un día Raberto y sus amigos fueron a visitar la misteriosa y desconocida aldea donde vivían todos los agujeritos. Todos tenían unas inmensas ganas de sacar entradas y visitar diferentes agujeritos. Todos, tras varias visitas, lo lograron. Bueno, todos menos Raberto. Decepcionado, fue a contárselo a su padre:
- Papá, todos mis amigos han visitado a un agujerito pero yo no lo consigo. No lo entiendo. Soy mucho más grande y fuerte que ellos, en cambio, nadie me vende entradas.
- Hijo mío, pensé que nunca tendría que explicarte esto, pero veo que todo sigue igual. Creía que vivíamos en una nueva etapa en la que el respeto era uno de los pilares fundamentales, pero veo que no. Raberto, tú eres igual pero algo diferente a los demás. No sólo en el tamaño y fuerza, también en el color. Ya lo sabes. Algún día conocerás a un agujerito que quiera estar contigo y te deje entrar. Quizá como tú, quizá como los demás.
Raberto se fue triste a su habitación. No le gustaba ser diferente a sus amigos. No le gustaba ser discrimado. No le gustaba ser de otro color. No le gustaba ser como era.
Su padre al verle tan alicáido, entró a su habitación y le dijo unas palabras que iluminaron a Raberto y le marcaron para el resto de su vida:
- Hijo, a mi también me pasó como a ti. Pero nunca olvides que el objetivo de la vida no es sólo encontrar un agujerito. Lucha y sobreponte a todos los obstáculos y llega lo más lejos posibles Nunca te rindas porque la vida, como nosotros, es larga y dura.